Un buen hombre: el cortometraje que nació de una historia real…

Estamos a punto de estrenar Un buen hombre y, como suele pasar cuando un proyecto está a punto de ver la luz, es inevitable echar la vista atrás y recordar todo lo que ha ocurrido hasta llegar aquí. Porque cuando alguien vea el cortometraje solo verá unos minutos en pantalla, pero detrás hay muchas horas de trabajo, de ilusión y, sobre todo, de personas que han hecho posible que esta historia exista.

Todo empezó de una forma muy sencilla. Pablo nos enseñó un relato que tenía escrito desde hacía tiempo, basado en un hecho real que vivió cuando residía en Madrid. Nos gustó tanto que enseguida tuvimos claro que aquella historia no podía quedarse en unas hojas de papel. Había que darle vida y convertirla en un cortometraje.

Pronto nos dimos cuenta de que el reto era mucho mayor que el de nuestro primer trabajo. Aquello era «un corto muy corto», pero Un buen hombre necesitaba una estructura más compleja. Tocaba adaptar el relato, construir un guion, crear escenas, dar ritmo a la historia y definir unos personajes que hicieran justicia al mensaje que queríamos transmitir.

Hubo una decisión que nunca estuvo sobre la mesa porque todos pensábamos lo mismo: Pablo tenía que ser el protagonista. La historia hablaba de él y de una experiencia que había vivido en primera persona, así que nadie mejor que él podía interpretarla.

A partir de ahí comenzaron los primeros retos. Uno de los personajes era un policía y eso significaba conseguir un uniforme y un vehículo policial. Sobre el papel parecía complicado, pero volvió a ocurrir algo que se repetiría durante todo el proyecto: la gente empezó a ayudar desde el primer momento. Todo el mundo quiso aportar su granito de arena y aquello que parecía difícil terminó resolviéndose con una facilidad que solo ocurre cuando las personas creen en lo que estás haciendo.

También tuvimos muy claro desde el principio cómo queríamos formar el reparto. No buscábamos actores profesionales ni personas que encajaran perfectamente con cada personaje. Al contrario. Queríamos que quienes interpretaran los papeles fueran justamente todo lo contrario a ellos. Personas tranquilas, cercanas y con un gran corazón interpretando personajes que, en algunos casos, no tenían nada que ver con su forma de ser. Pensábamos que esa contradicción podía hacer todavía más interesante el resultado y, viendo el corto terminado, creemos que fue un acierto.

Para el personaje antagónico apenas hubo debate. Pepi había participado ya en otros proyectos con nosotros y sabíamos que volvería a decir que sí. Y así fue. Siempre está dispuesta a sumarse a cualquier idea que sirva para hacer cosas bonitas por el pueblo.

Otro de los nombres imprescindibles era Capi. Ni siquiera sabía qué papel iba a interpretar cuando se lo propusimos. Simplemente respondió que sí. Hay personas que siempre están cuando las necesitas y él es una de ellas.

Y después está Rosa. Podría presentarla diciendo que es usuaria de FAEMA, pero la verdad es que hay una forma mucho más bonita de hacerlo: Rosa es mi amiga. De esas personas que conoces un día y sientes que quieres seguir compartiendo camino con ellas durante mucho tiempo. Tenía claro que debía formar parte de este proyecto, no por representar la inclusión, sino porque forma parte de nuestra vida y de todo lo que hacemos en Intelitietar.

El reparto fue creciendo casi sin darnos cuenta. Andrea volvió a estar con nosotros, como ya hizo en nuestro primer cortometraje. Nuria terminó delante de la cámara casi de forma improvisada el mismo día de la grabación. Amanda hizo una pequeña aparición porque, al fin y al cabo, es una pieza imprescindible en la parte más creativa de Intelitietar. Ian, mi hijo, pidió participar desde el primer momento y, por supuesto, encontró su hueco en la historia.

Pero quizá lo más bonito fue comprobar cómo el cortometraje empezó a ser de todos. Mientras grabábamos aparecieron Ricardo y Gustavo, que siempre están cerca de nuestros proyectos, y también José, nuestro policía local, al que prácticamente «atracamos» para pedirle ayuda con el vehículo policial. No solo nos dejó utilizarlo, sino que hizo todo lo posible para facilitarnos el trabajo.

Organizamos el rodaje en tres jornadas diferentes. Un primer día para la introducción, otro para toda la parte central de la historia y un tercero para completar el desenlace. Fueron días intensos, con cambios de planos, repeticiones, carreras y muchas risas. Esa parte que el público nunca ve, pero que para nosotros también forma parte de la magia del cine.

Después llegó la edición. La parte central avanzó bastante rápido, pero la introducción nos dio más de un quebradero de cabeza. Y todo por un detalle que nadie esperaba.

Cuando ya habíamos terminado de grabar la parte principal del cortometraje, Pablo decidió cortarse el pelo. Y no un poco precisamente. Pasó de llevar una melena larga a aparecer completamente rapado. Nos quedaba por grabar la introducción y necesitábamos que el personaje pareciera exactamente el mismo que en el resto de la historia.

Lejos de convertirse en un problema imposible, aquello nos obligó a buscar una solución diferente. Decidimos rodar toda la introducción sin mostrar su rostro en ningún momento. Curiosamente, esa limitación terminó regalándonos una de las partes que más nos gustan del cortometraje. Un comienzo pausado, tranquilo, que transmite calma y permite que la historia vaya creciendo poco a poco hasta alcanzar el ritmo que buscábamos.

Cuando el montaje estaba prácticamente terminado surgió una oportunidad que no queríamos dejar escapar: proyectarlo en el Castillo de La Adrada. Y entonces entendimos que ese era el lugar donde debía estrenarse.

Porque Un buen hombre es la demostración de que, cuando un pueblo se implica, pueden salir adelante proyectos muy bonitos. Aquí aparecen vecinos, amigos, comerciantes, personas que dijeron «sí» sin preguntar cuánto tiempo les iba a llevar o qué iban a ganar a cambio. Lo hicieron simplemente porque les apetecía formar parte de algo especial.

Puede que existan cortometrajes mejores técnicamente. Seguro que sí. Pero nosotros tenemos la sensación de que será muy difícil encontrar otro que represente mejor lo que somos. Porque cuando se apaguen las luces y empiece la proyección, en la pantalla no veremos únicamente una historia. Veremos a nuestros vecinos, a nuestros amigos y a nuestro pueblo.

Y probablemente ese sea el mayor premio que podía darnos este proyecto.

Roberto Carrasco Palacios

CEO de Intelitietar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *