Antes de juzgar, decidimos escuchar

Hay palabras que provocan una reacción antes incluso de que conozcamos a las personas que hay detrás.

A nosotros nos pasó con una: cazador.

Cuando supimos que en La Adrada existía una asociación de cazadores, fuimos los primeros en recibir esa palabra con rechazo.

Y precisamente por eso decidimos hacer algo que muchas veces cuesta más que opinar: acercarnos.

Escuchar. Preguntar. Estar con ellos. Ver con nuestros propios ojos qué hacen cuando nadie está mirando.

Y entonces empezamos a descubrir una realidad bastante más compleja que la que habíamos construido desde fuera.

La sierra también se cuida cuando nadie la está mirando. Hemos conocido a personas que pasan buena parte del año pendientes del monte. Que conocen sus caminos, sus animales, sus fuentes y sus problemas. Personas que suben para alimentar a los animales salvajes en momentos en los que encontrar comida resulta más complicado y que trabajan sobre el terreno intentando mantener el equilibrio de un entorno que también consideran suyo.

Pero hubo un momento que, para nosotros, cambió especialmente la forma de mirarles. El fuego. Cuando apareció la primera llama en la zona de los piornos, algunos de ellos estuvieron entre los primeros en subir a la sierra. Y allí se dejaron horas, esfuerzo, sudor y todo lo que tenían intentando proteger un lugar que conocen palmo a palmo.

No había cámaras ni publicaciones, solo una sierra ardiendo y gente intentando defenderla.

Hoy buena parte de esa sierra está devastada. Y ellos siguen ahí. Porque cuando desaparece el humo comienza otro trabajo mucho más largo: conseguir que ese monte tenga futuro.

Sí, también cazan

Y esta parte sería muy fácil esconderla. Pero entonces este artículo perdería todo su sentido. Los cazadores con los que hemos hablado no esconden que abaten animales.

Lo dicen. Lo explican. Y defienden que su actividad no consiste simplemente en salir al monte a matar por diversión, sino que forma parte de una gestión que busca controlar determinadas poblaciones animales y contribuir al equilibrio de la fauna, la flora y el propio ecosistema.

Puedes estar de acuerdo, tener dudas, incluso seguir estando en contra de la caza.

Pero después de conocerles hay algo que nosotros ya no queremos hacer: juzgar a una persona únicamente por la etiqueta de “cazador”.

Porque detrás hemos encontrado personas que conocen la sierra, que la trabajan, que alimentan animales durante el año, que participaron cuando tocó defenderla del fuego y que ahora siguen preocupadas por lo que será de ella mañana.

Quizá escuchar también forme parte de cuidar nuestros pueblos

Este artículo no pretende convencer a nadie de que le guste la caza.

Tampoco pretende abrir una guerra entre quienes están a favor y quienes están en contra. Pretende contar algo mucho más sencillo: nosotros llegamos con prejuicios y tuvimos que reconocerlo. Porque es muy fácil construir una opinión desde lejos. Mucho más difícil es sentarte delante de alguien que piensa diferente, escuchar sus argumentos y permitir que la realidad ponga a prueba aquello que creías saber.

Eso es precisamente lo que hemos querido hacer con la Asociación de Cazadores de La Adrada: darles voz, preguntarles, acompañarles y después contar lo que hemos visto.

Quizá cambiar de opinión no signifique empezar a pensar como el otro. Quizá simplemente signifique entender que la realidad casi nunca cabe dentro de una sola palabra. Y nosotros, después de conocerles, cuando escuchamos “cazador”, ya no vemos solamente una escopeta. Vemos también a algunas de las personas que estuvieron allí cuando nuestra sierra más las necesitaba.

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